Ictus: el momento importa

Tras un ictus, el punto crítico no es solo empezar, sino entender qué tipo de recuperación es posible en cada momento. No es que el tratamiento deje de ser eficaz con el tiempo; es que la capacidad biológica del cerebro para reorganizarse disminuye si no se estimula precozmente.

La ventana terapéutica: restauración real de función

En los primeros meses tras el ictus el cerebro presenta un estado de hiperplasticidad:

  • Mayor capacidad de reorganización cortical.

  • Activación de redes neuronales alternativas.

  • Mayor respuesta a estímulos intensivos y repetitivos.

En esta fase es posible, en muchos casos, una recuperación restaurativa: recuperar función mediante reorganización neuronal real.

 Enfoque restaurativo

  • Objetivo: recuperación de la función dañada.

  • Indicado: fase aguda y subaguda.

  • Intensidad recomendada: 3–5 sesiones/semana.

  • Trabajo: repetición intensiva orientada a tareas funcionales.

Aquí buscamos que el cerebro “vuelva a aprender” el movimiento.

Si se pierde esta fase sin intervención estructurada, la capacidad de restauración disminuye. No desaparece por completo, pero ya no es igual.

Cuando la ventana inicial pasa: cambio de estrategia

Pasados los primeros meses, la plasticidad espontánea disminuye. El enfoque evoluciona.

 Enfoque compensatorio

  • Objetivo: recuperar la actividad aunque no se recupere totalmente la función original.

  • Frecuente en fase crónica.

  • Intensidad: 2–3 sesiones/semana.

  • Se entrenan estrategias alternativas (ej. uso funcional del lado no afecto, adaptación de tareas).

No es un fracaso. Es optimización funcional.

Enfoque sustitutivo

  • Uso de ayudas técnicas.

  • Adaptaciones del entorno.

  • Reorganización de tareas cotidianas.

  • En algunos casos, utilización de otras partes del cuerpo para suplir función.

Se aplica cuando la función no es recuperable de forma significativa.

Fases avanzadas o daño progresivo

En determinados contextos (ictus con gran secuela, patologías asociadas, deterioro progresivo), el tratamiento cambia nuevamente de objetivo.

Mantenimiento

  • Preservar capacidades actuales.

  • Prevenir rigidez, dolor, caídas.

  • Mantener autonomía el mayor tiempo posible.

Contención

  • Ralentizar deterioro funcional.

  • Preservar funciones vitales.

  • Evitar complicaciones secundarias.

El error frecuente: esperar

Retrasar la rehabilitación implica:

  • Perder parte del potencial restaurativo.

  • Aumentar debilidad, rigidez y desuso.

  • Reducir opciones terapéuticas reales.

No es que el tratamiento deje de funcionar con el tiempo. Es que cambia lo que podemos aspirar a recuperar. En fase inicial podemos intentar restaurar.
Más adelante compensar. Después mantener.

Conclusión

Tras un ictus, la rehabilitación siempre tiene sentido. Pero lo que podemos recuperar depende en gran medida de cuándo empezamos.

En los primeros meses existe una ventana biológica real donde el cerebro está más preparado para reorganizarse. Es el momento en el que podemos intentar una recuperación restaurativa, buscando que la función vuelva. Si esa fase pasa sin intervención estructurada e intensiva, el tratamiento no deja de ser útil, pero el objetivo cambia: primero compensar, después mantener.

Por eso el error más frecuente es esperar. No porque más adelante no se pueda hacer nada, sino porque se reduce el potencial de recuperación funcional real. Tras un ictus, cada semana cuenta.

En nuestra clínica estamos preparadas para atender a personas que han sufrido un ictus desde las fases más iniciales, diseñando un plan individualizado acorde al momento biológico y funcional de cada persona.


Fisioterapia y Esclerosis Múltiple

La Esclerosis Múltiple es una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunitario empieza a atacar la mielina, que es la capa que protege las fibras nerviosas. Esa mielina es parte de la sustancia blanca, encargada de que la información viaje rápidamente desde el cerebro hacia el resto del cuerpo.

Para entenderlo de forma sencilla: el sistema nervioso funciona como una red de cables que llevan mensajes eléctricos. El cerebro envía la orden —por ejemplo, “levanta la pierna”—, pero si la mielina está dañada, ese mensaje no llega bien al músculo. Puede llegar más lento, llegar distorsionado o directamente no llegar.

Y cuando la comunicación falla, aparecen muchos de los síntomas típicos de la EM: dificultad para caminar, torpeza al realizar movimientos finos, sensación de fatiga desproporcionada, alteraciones de sensibilidad, espasticidad, problemas de equilibrio, visión borrosa… Los músculos pueden estar sanos, pero la orden no les llega correctamente.

¿Por qué ocurre esto?

A día de hoy no se conoce una causa única. Lo que sí sabemos es que existe una predisposición, y sobre esa base actúa una combinación de factores que pueden aumentar las posibilidades de desarrollarla. No es una enfermedad hereditaria como tal, pero sí hay personas con un sistema inmunitario más “sensible” o reactivo ante determinados estímulos.

Entre los factores que pueden influir están:

  • haber pasado infección por el virus Epstein-Barr, que hoy se considera uno de los elementos más relevantes

  • déficit de vitamina D o poca exposición solar

  • tabaquismo

  • obesidad en etapas tempranas de la vida

  • ser mujer, por razones hormonales e inmunológicas, aunque también se da en hombres

  • interacción con la microbiota (en investigación)

  • y el estrés crónico, que no causa la EM por sí mismo, pero sí puede favorecer una desregulación inmunitaria y empeorar síntomas

En conjunto, estos factores no determinan por sí solos si una persona va a tener EM, pero sí pueden aumentar la probabilidad en quienes ya tienen esa susceptibilidad previa.

Qué busca la fisioterapia en EM

La fisioterapia neurológica tiene objetivos muy concretos y realistas:

  • Mantener o mejorar la fuerza muscular para facilitar actividades de la vida diaria.

  • Entrenar el equilibrio y la coordinación para reducir caídas y mejorar la seguridad en los desplazamientos.

  • Entrenar la marcha con las adaptaciones funcionales y estrategias que se ajusten a las necesidades reales de cada persona.

  • Controlar la espasticidad y prevenir rigideces que limiten el movimiento.

  • Mejorar la resistencia y la tolerancia al esfuerzo, ajustando la intensidad para evitar la sobrefatiga.

  • Promover bienestar general con actividad aeróbica moderada y regular.

Qué técnicas utilizamos (y qué dice la evidencia)

En la Esclerosis Múltiple, lo que mejor funciona es el trabajo bien planificado, adaptado a la persona y orientado a objetivos reales del día a día. La evidencia es clara en varios puntos:

  • Ejercicio terapéutico individualizado: trabajamos fuerza, resistencia y movimiento funcional. Ajustamos cada ejercicio al nivel y al momento de la persona, porque bien programado es seguro y ayuda a mantener o mejorar la capacidad motora.

  • Entrenamiento del equilibrio: muy útil para ganar seguridad al moverse, evitar caídas y mejorar la estabilidad. Lo trabajamos de manera progresiva, con retos alcanzables.

  • Entrenamiento de la marcha: no se trata de “corregir” al paciente, sino de ayudarle a encontrar estrategias y/o ayudas técnicas que mejoren y/o mantengan la capacidad de marcha de la forma más eficiente y segura posible.

  • Tratamiento de la espasticidad y rigidez: combinamos estiramientos mantenidos y pautas de movimiento diario para mejorar el confort y preservar la amplitud articular.

  • Actividad aeróbica moderada y progresiva: caminatas, bicicleta estática o ejercicios adaptados según tolerancia. La clave es ajustar intensidad y duración para evitar la sobrefatiga y mejorar la capacidad física general.

Cómo lo trabajamos en la clínica

Nuestro enfoque es práctico, funcional y muy centrado en lo que cada persona necesita para su día a día:

  1. Valoración funcional detallada: analizamos fuerza, equilibrio, marcha, tolerancia al esfuerzo, nivel de fatiga y autonomía en actividades de la vida diaria.

  2. Plan individualizado: marcamos objetivos realistas y concretos, que tengan sentido para la persona y su entorno.

  3. Sesiones regulares y seguimiento: en fases de mayor necesidad solemos trabajar 2–3 veces por semana; después pasamos a un plan de mantenimiento que puede ser de 1 sesión semanal o revisiones más espaciadas con pautas de trabajo para casa.

  4. Acompañamiento cercano: explicamos  cómo adaptar actividades, cómo prevenir sobrecargas y cómo manejar los cambios típicos de la enfermedad. También trabajamos con la familia cuando es necesario.

Qué resultados se pueden esperar

  • Más autonomía y seguridad para caminar y moverse por diferentes espacios.

  • Menor riesgo de caídas.

  • Menos rigidez y mayor sensación de control sobre el cuerpo.

  • Mejor tolerancia al esfuerzo y una gestión de la fatiga más eficaz.

  • Mejor participación en actividades y calidad de vida, lo que puede conllevar a un mejor estado de ánimo.

Qué no debemos prometer

  • La fisioterapia no frena la enfermedad.

  • Cada persona progresa de forma distinta según la fase de la EM y su situación global.

  • No todos los días habrá avances, pero mantener la función y evitar un deterioro acelerado es un logro importante.

Conclusión

Si tú o un familiar convivís con Esclerosis Múltiple, la fisioterapia neurológica especializada puede ser un pilar fundamental del cuidado. Con un programa adaptado, trabajo constante y un enfoque funcional centrado en la persona, es posible mantener la autonomía, moverse con más seguridad y mejorar la calidad de vida.

En Neurolar ofrecemos una valoración neurológica completa, un plan personalizado y un acompañamiento continuo.


El apego en la infancia

Cuando un bebé llega al mundo, no solo necesita cuidados físicos: también necesita seguridad emocional. El apego, es decir, el vínculo afectivo que establece con las personas que lo cuidan, es una base esencial para su desarrollo físico, emocional, social e incluso cognitivo.

En este artículo explicamos qué es el apego, cómo se forma y qué tipos principales existen según la calidad de esa relación.

Qué es el apego

El apego es un vínculo afectivo duradero que se establece entre el bebé y un número reducido de personas, normalmente sus cuidadores principales. Este vínculo lo impulsa a buscar contacto, proximidad y protección, especialmente en momentos de estrés, miedo o incertidumbre.

Se trata de un vínculo jerárquico: aunque el bebé pueda establecer relaciones afectivas con varias personas, suele haber una figura principal de apego.

Para qué sirve el apego

El sistema de apego cumple funciones fundamentales en el desarrollo del niño o la niña:

  • Favorece la supervivencia, manteniéndolo cerca de sus cuidadores, especialmente en los primeros meses.
  • Ofrece seguridad emocional, funcionando como base segura desde la que puede explorar el mundo.
  • Fomenta la salud física y mental, contribuyendo a la autorregulación, al desarrollo neurológico y a la autoestima.
  • Facilita la socialización, ya que un niño que se siente seguro en sus relaciones tendrá más herramientas para relacionarse con otras personas.
  • Tiene una dimensión lúdica, ya que el contacto afectivo también forma parte del juego, del placer y del aprendizaje.

Cómo se forma el apego

El apego comienza a desarrollarse desde el nacimiento y evoluciona en distintas fases:

Fase I (0–3 meses)

Durante esta etapa, el bebé interactúa sin distinguir entre personas conocidas o desconocidas. Son especialmente importantes los sentidos como la visión, la audición, el tacto, así como las primeras conductas de comunicación como el llanto, la sonrisa o el aferramiento.

Fase II (3–6 meses)

El bebé empieza a mostrar preferencia por sus cuidadores habituales. Se calma más fácilmente en su presencia y responde emocionalmente cuando están o se ausentan.

Fase III (6 meses – 2/3 años)

Aparecen conductas más complejas: gateo para buscar al cuidador, uso del adulto como base segura para explorar el entorno, reacciones ante personas extrañas y necesidad de consuelo en momentos de estrés. El niño empieza a diferenciar claramente entre personas conocidas y desconocidas.

Durante esta etapa, también se organiza la relación entre varios sistemas de conducta:

  • Sistema de apego: impulsa al niño a buscar cercanía con su figura principal.
  • Sistema exploratorio: motiva al niño a descubrir su entorno.
  • Sistema de miedo: le ayuda a detectar y evitar amenazas.
  • Sistema afiliativo: facilita el acercamiento a otras personas.

Tipos de apego

El conocimiento sobre los estilos de apego proviene de décadas de investigación en el ámbito del desarrollo infantil. Uno de los estudios más relevantes fue el desarrollado por Mary Ainsworth, psicóloga que, en los años 70, diseñó un protocolo de observación conocido como “Situación Extraña”.

Este experimento consistía en observar la reacción de niños y niñas de entre 12 y 18 meses ante una situación breve de separación y reencuentro con su figura de apego en un entorno controlado. Las conductas que mostraban durante estos momentos permitieron identificar diferentes formas de relacionarse emocionalmente con el adulto.

Con base en estas observaciones, Ainsworth y su equipo clasificaron los estilos de apego en tres grandes categorías. Posteriormente, la investigación continuó, y se añadió un cuarto tipo más complejo y relacionado con situaciones de mayor vulnerabilidad.

A continuación, describimos los cuatro estilos principales de apego que puede desarrollar un niño o niña:

Apego seguro

El niño utiliza a su cuidador como base segura desde la cual puede explorar el entorno.
Se muestra afectuoso en el reencuentro tras una separación breve, busca consuelo y, una vez calmado, retoma la actividad con tranquilidad.
Este tipo de apego suele formarse cuando el adulto responde de manera sensible, predecible y afectuosa a las necesidades emocionales del niño.

Apego inseguro evitativo

El niño parece indiferente ante la presencia o ausencia de la figura de apego.
Evita el contacto emocional y suele centrarse en los objetos o en la exploración sin recurrir al adulto para consolarse.
Este patrón puede desarrollarse cuando las respuestas del adulto han sido frías, poco disponibles o rechazantes ante las demandas afectivas del niño.

Apego inseguro ambivalente

El niño muestra una fuerte ansiedad ante la separación y tiene dificultades para calmarse incluso cuando se reencuentra con el cuidador.
Puede alternar entre conductas de búsqueda de afecto y rechazo, lo que refleja una relación impredecible.
Este tipo de apego aparece cuando la figura de apego ha sido inconsistente: a veces disponible, otras ausente o poco sensible.

Apego desorganizado

Este estilo de apego fue identificado más tarde por investigadores como Main y Solomon, al observar que algunos niños no encajaban en los patrones anteriores.
Sus conductas eran contradictorias, confusas o desorientadas: por ejemplo, acercarse al cuidador con miedo, quedarse paralizados, o mostrar movimientos sin propósito.
Suele aparecer en contextos de trauma, negligencia, maltrato o cuando la figura de apego también es una fuente de miedo.

Esta clasificación ha sido clave para entender cómo se construyen los vínculos afectivos en la infancia y cómo influyen en el desarrollo emocional posterior. Comprender los estilos de apego no es para etiquetar a los niños, sino para ayudar a los adultos a reflexionar sobre la calidad del vínculo y promover relaciones más seguras y saludables.

El papel del adulto en el desarrollo del apego

El vínculo afectivo entre un bebé y su figura de apego no se forma de manera automática ni depende únicamente de la biología. Se construye, sobre todo, a través de las experiencias cotidianas de cuidado. La forma en la que el adulto se relaciona con el niño es determinante para el tipo de apego que este desarrollará.

A lo largo de los primeros meses y años de vida, el bebé va generando una representación del mundo y de sí mismo en función de cómo es tratado. La sensibilidad, la coherencia y la disponibilidad emocional del adulto son claves para sentar las bases de un vínculo seguro.

Tipos de interacción y sus efectos

No todos los adultos interactúan del mismo modo con los niños, y eso influye en cómo se construye el vínculo de apego. Podemos identificar tres formas principales de interacción, cada una con consecuencias distintas para el desarrollo emocional.

Interacción sensible

Es aquella en la que el adulto responde de forma coherente, afectuosa y ajustada a las necesidades del niño. Escucha, observa y reacciona con respeto, sin forzar, sin ignorar.

Esta forma de relación promueve el apego seguro. El niño se siente comprendido, atendido y con libertad para explorar el entorno sabiendo que, cuando lo necesite, encontrará consuelo y protección.

Interacción intrusiva o controladora

En este tipo de interacción, el adulto tiende a invadir el espacio del niño, anticipándose a sus necesidades o intentando dirigir de forma constante su conducta. Puede sobreestimular, interrumpir sus iniciativas o tomar decisiones por él.

Aunque el adulto esté presente, no está permitiendo que el niño desarrolle autonomía ni que aprenda a regularse. Esta actitud puede generar inseguridad, ansiedad o dependencia excesiva.

Interacción negligente

Aquí, el adulto no responde de manera constante ni coherente a las señales del niño, o directamente ignora sus necesidades físicas y emocionales.

La relación se vuelve impredecible o ausente, y el niño puede desarrollar un apego inseguro. A largo plazo, esto puede afectar a su autoestima, su capacidad para regular emociones y sus relaciones futuras.

El apego no es malacostumbrar

Existe la creencia de que atender de inmediato al bebé, cogerlo en brazos o consolarlo con frecuencia puede "malacostumbrarlo". Sin embargo, la evidencia científica señala lo contrario: cuando un niño recibe atención sensible y afectiva, se siente seguro, y esa seguridad es lo que le permite desarrollar independencia de forma natural.

Dar amor, presencia, respeto y seguridad no es exceso, es necesidad. Es lo que ayuda a construir un vínculo sano y a fomentar un desarrollo emocional equilibrado.

Conclusión

El apego no es un concepto abstracto, es una experiencia viva que se construye cada día en la relación entre el niño y sus figuras de referencia. Esa relación es la base sobre la que se desarrollan la autoestima, la autonomía, la capacidad de regular emociones y de establecer relaciones sanas con los demás.

Desde la fisioterapia infantil también acompañamos estos procesos, respetando los tiempos de cada niño, promoviendo la seguridad emocional y facilitando experiencias de desarrollo global.


charla ictus

Ictus: Causas y prevención

El pasado 27 de septiembre, ofrecimos una charla en el Ayuntamiento de Frades sobre el ictus, la cual fue muy bien recibida por nuestros vecinos, que mostraron gran interés en este importante tema de salud.

Durante la charla, abordamos tres puntos clave:

  1. Qué es un ictus, tipos y causas.
  2. Cómo actuar ante una emergencia (puedes consultar más detalles en nuestra entrada sobre los signos de un ictus).
  3. Estrategias de prevención para reducir el riesgo de sufrir un ictus (revisa nuestros consejos para prevenir un ictus).

Aprovechando los temas tratados en la charla, queremos profundizar en este espacio sobre lo que es un ictus, los tipos que existen y sus principales causas.

¿Qué es un ictus?

El término ictus proviene del latín y significa "golpe" o "ataque". Su equivalente en inglés, stroke, tiene el mismo significado, ambos describen su carácter  brusco y repentino.

Entendemos por ictus  cualquier trastorno en la circulación cerebral que generalmente ocurre de forma súbita. Puede ser provocado por una interrupción en el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro (isquemia cerebral) o por la ruptura de una arteria o vena cerebral (hemorragia cerebral).

Tipos de ictus

Existen dos grandes tipos de ictus, dependiendo de la lesión que afecte a los vasos sanguíneos:

  1. Ictus isquémico: Ocurre cuando se bloquea o se obstruye un vaso sanguíneo, impidiendo que la sangre, y por tanto el oxígeno y los nutrientes, lleguen a una zona del cerebro. Esta falta de flujo provoca la lesión del tejido cerebral, lo que conocemos como isquemia cerebral. Las causas más comunes son:
    • Trombosis: El vaso sanguíneo se obstruye debido a la formación de un coágulo en su interior (ictus trombótico).
    • Embolia: Un coágulo se forma en otra parte del cuerpo (generalmente el corazón) y viaja por el torrente sanguíneo hasta bloquear una arteria cerebral (ictus embólico).
  2. Ictus hemorrágico: Ocurre cuando un vaso sanguíneo en el cerebro se rompe, liberando sangre en el tejido cerebral. Esta sangre, al no poder salir del cráneo, presiona el cerebro, impidiendo su oxigenación y causando daño en las áreas afectadas.

Causas principales del ictus

  1. Ictus trombótico: La principal causa es la arteriosclerosis, una condición en la que las arterias se endurecen y estrechan debido a la acumulación de colesterol y otras sustancias en la pared arterial. Factores de riesgo como la hipertensión arterial, colesterol alto, diabetes y obesidad aumentan la probabilidad de un ictus trombótico.
  2. Ictus embólico: Generalmente causado por trombos que se forman en el corazón y luego viajan al cerebro. Condiciones como arritmias cardíacas, infarto de miocardio o la dilatación de cavidades cardíacas pueden favorecer la formación de estos coágulos. Cuando estos trombos llegan al cerebro, causan un infarto embólico o cardioembólico si provienen del corazón.
  3. Ictus hemorrágico: El principal factor de riesgo es la hipertensión arterial, que debilita las paredes de los vasos sanguíneos y aumenta el riesgo de rotura.
  4. Causa indeterminada: En aproximadamente el 20% de los casos, incluso tras realizar varias pruebas, no se logra identificar la causa exacta del ictus.

Conclusión: ¿Cómo prevenir un ictus?

Conociendo las causas del ictus, podemos tomar medidas preventivas para reducir su riesgo. Controlar factores como la hipertensión, el colesterol alto, la diabetes y el sobrepeso, además de mantener un estilo de vida saludable, son pasos fundamentales para proteger nuestra salud cerebral.